Vida y obra de Caravaggio

Michelangelo Merisi da Caravaggio, pintor revolucionario, artista provocador, persona inquieta de carácter pendenciero, genio incomprendido, loco violento, hombre atormentado, que crearía él solo un estilo, el BARROCO, e influiría en todo el arte posterior.  

Nació un 29 de septiembre de 1571 en la ciudad lombarda de Caravaggio, situada al este de Milán. Su padre trabajaba como administrador y arquitecto decorador para los Sforza da Caravaggio, una familia noble que vivía en Milán. Su madre, Lucía Aratori, pertenecía a una familia de ascendencia noble y adinerada. Tras la muerte del padre de Caravaggio debido a una de las pestes que asoló Milán, el joven entró a trabajar como aprendiz del pintor lombardo Simone Peterzano en 1584.

Absorbió lo mejor de las diferentes tendencias de la pintura renacentista que ya tocaba a su fin. En las regiones de la Lombardía y Véneto, el tenebrismo y el naturalismo propios del naciente barroco comenzaban a contagiar a los artistas, y el joven Caravaggio –de viaje por esas tierras– las estudió sin saber que se convertiría en el principal maestro de tales técnicas. Tras deambular por diversas ciudades y escuelas del norte italiano, el joven artista se trasladó a la Urbe. Ni la pequeña población de Caravaggio, ni Milán, ni Brescia, ni ninguna otra de las ciudades por las que deambuló el artista marcarían tanto su destino como Roma. En Roma se formó el genio, de Roma se impregnó su vida, con Roma se juró muerte y a Roma suplicó perdón al final de sus días.

La época histórica que abarca el Barroco, va aproximadamente desde la segunda mitad del siglo XVI hasta finales del XVII, presenta características filosóficas, estéticas y artísticas comunes; por tanto, puede ser considerado un periodo cultural, relativamente homogéneo. En 1545, el inicio del Concilio de Trento señala un cambio de perspectiva ideológica con respecto al «Humanismo Renacentista». A partir de este momento, la alteración del ideario renacentista, fue un hecho que supone el inicio de la “contraofensiva” católica con respecto a la Reforma protestante y al antropocentrismo humanista de décadas anteriores.

El papel decisivo de la Iglesia católica, en países como Italia y España, es determinante en la producción artística y literaria de este periodo histórico. La presencia española en la península italiana se intensifica hasta el punto de poder hablar de una única realidad cultural y política. Se trata de una influencia de ida y vuelta entre los dos países europeos representantes de la ortodoxia católica. En consecuencia, en un principio, el Manierismo y más tarde el Barroco son manifestaciones estéticas, vitales y religiosas de una época de crisis social e ideológica, con respecto a paradigmas más excelsamente clásicos y humanistas del periodo precedente.

En relación al panorama italiano, se ha convenido en calificar este periodo como una fase de degeneración y decadencia con respecto al momento dorado de la cultura y de las artes del Renacimiento. Sin embargo, Italia sigue siendo, ineludiblemente, exportadora de cultura y de arte para el resto del mundo. En la segunda mitad del siglo XVI, nos encontramos con personalidades como Torquato Tasso o Galileo Galilei. Por otra parte la arquitectura y la música italiana del Barroco se convierten en paradigma estético para el resto del mundo.

Con el Barroco los modelos clásicos son negados y subvertidos, aparecen nuevos principios poéticos y estéticos. Se rechaza la síntesis armónica de un ordenado sistema de formas, como el renacentista, cuyo principal objetivo se cifraba en el goce equilibrado del sentimiento sometido a un control emocional.

También hace saltar en añicos la concepción equilibrada de la armonía racional del Renacimiento, cuya cima modela el gusto clásico. Ahora la maravilla, lo raro y lo artificioso se convierten en los protagonistas de este “nuevo” código estético. La búsqueda de efectos efímeros de carácter puntual, las artimañas conceptistas más enrevesadas, la sorprendente metamorfosis y amalgama constituyen la esencia misma del arte “moderno”. El Barroco se sitúa de esta manera en las antípodas de la inmutable perfección del arte del Renacimiento.

Barroco es una denominación relativamente moderna: se lo debemos a Francesco Milizia, quien la utiliza, en su Dizionario delle belle arti del disegno (1797), para clasificar a todos aquellos artistas que tienen un estilo contrario al clásico. El barroco aparece como lo contrario del clasicismo: es el exceso, la confusión, el dinamismo, grotesco, frente a la quietud y la medida contra el orden y la claridad del clasicismo romano.

Caravaggio, llega a Roma en 1595, desnudo y extremadamente necesitado, sin una dirección fija y sin provisiones. Pero no tardó en destacarse no sólo por su original enfoque de la obra pictórica, sino también por su vida irregular, en la que se sucedían lances, peleas y episodios reveladores de su carácter tempestuoso y su falta de escrúpulos.

De Caravaggio se ha dicho que fue un revolucionario tanto por su vida turbulenta como por su pintura, en la que planteó una oposición consciente al Renacimiento y al Manierismo, aunque no por ello debe dejar de notarse la influencia de maestros renacentistas como Miguel Ángel Buonarroti o Giorgione en la formación de su estilo. Caravaggio siempre buscó, ante todo, la intensidad efectista a través de vehementes contrastes de claroscuro que esculpen las figuras y los objetos, y por medio de una presencia física de vigor incomparable.

Al evitar cualquier vestigio de idealización y hacer del realismo su bandera, Caravaggio pretendió ante todo que ninguna de sus obras dejara indiferente al espectador. Desde el principio de su estancia romana rechazó la característica belleza ideal del Renacimiento, basada en normas estrictas, y eligió el camino de la verdad y el realismo, realizando sus obras mediante copias directas del natural, sin ningún tipo de preparación previa.

Sus primeras creaciones son fundamentalmente pinturas de género que combinan la figura humana con escenas de bodegón y naturaleza muerta. Su obra “El tañedor de laúd”, constituye un ejemplo emblemático de esta primera etapa creativa donde un joven de belleza feminoide y sensual comparte protagonismo con frutas, flores y una serie de objetos relacionados con la música. En estas primeras obras resulta ya evidente el empleo estético de Caravaggio de los juegos de luces y sombras, si bien el claroscuro sólo sirve aquí como creador de volúmenes y de profundidad, sin añadir a la acción efectos de dramatismo, como sería habitual en las creaciones posteriores del artista.

Cena de Emaús. 1596-1602. National Gallery de Londres. Barroco

La cena de Emaús, una de sus obras maestras, caracterizada por suntuosos tonos oscuros, sombras envolventes y haces de luz clara que inciden en puntos determinados, señala el comienzo del período de madurez del artista, quien se decanta abiertamente por la temática religiosa y trabaja por encargo de los grandes comitentes de la época. Algunas de sus obras son rechazadas por el naturalismo con que aborda los pasajes bíblicos, pero no faltan los mecenas laicos dispuestos a adquirir de buen grado aquellos cuadros que el clero no ve con buenos ojos.

Los años 1599 y 1602 corresponden con magistrales obras del artista: los retablos de la Capilla Contarelli de San Luis de los Franceses en Roma, con un conjunto de tres grandes lienzos “La vocación de San Mateo”, “La Inspiración de San mateo” y El martirio de San Mateo” y  en la capilla Ceresi de Santa Maria del Popolo, La crucifixión de San Pedro y La conversión de San Pablo. Todas ellas son obras, dominadas por una intensa acción dramática, muy estudiadas desde el punto de vista compositivo y en las que se obtienen resultados espléndidos con una gran economía de medios. Con estos pedidos su fama aumenta considerablemente. Su trabajo comienza a ser verdaderamente conocido, en el medio de la pintura romana y por el público en general.

Asustarse de la fealdad le parecía a Caravaggio una flaqueza despreciable, lo que el deseaba era la verdad, la verdad tal como la veía. No sentía ninguna preferencia por los modelos clásicos , ni ningún respeto por la belleza ideal, quería romper con los convencionalismos y pensar por sí mismo respecto al arte. Algunos consideran que su propósito era horrorizar al público, no sintió ningún respeto por ninguna clase de tradición y belleza, los críticos lo acusaron de naturalista. Pero Caravaggio fue demasiado grande y serio artista para proponerse un puro sensacionalismo, mientras que los críticos acusaban, él trabajaba sin descanso, y su obra no ha perdido nada de atrevimiento en los cuatro siglos que han pasado desde entonces.

L’Incredulità di san Tommaso. 1601–1602. Oleo sobre lienzo. Barroco.
Palacio de Sanssouci, Potsdam (Alemania)

En su obra “La incredulidad de Santo Tomás”, los tres apóstoles observando al Cristo, uno de ellos introduce su dedo en su costado, esto parece bien poco convencional.  Todos estamos acostumbrados a ver los apóstoles como figuras respetables envueltas en hermosos ropajes, y ahora se hayan ante lo que parecían vulgares jornaleros, con rostros atezados y frentes arrugadas. Pero Caravaggio contestaría que eran viejos jornaleros, gente vulgar. Es fácil imaginar que un cuadro semejante chocara a la gente devota como irreverente y casi ultrajante. El naturalismo de Caravaggio, esto es su propósito de copiar fielmente la naturaleza, nos parezca bella o fea. El artista debió leer la biblia una y otra vez, y meditar sobre sus palabras. Pero deseó ver los acontecimientos sagrados ante sus ojos , como si hubieran acaecidos en las proximidades de su casa, hizo todo lo posible para que los personajes de los textos antiguos parecieran reales y tangibles. Incluso su modo de manejar la luz y la sombra colaboró con este fin; la luz en sus cuadros, no hace parecer sus cuadros más suaves y graciosos los cuerpos, sino que es dura y casi cegadora en su contraste con las sombras profundas, haciendo que el conjunto de cada escena de sus cuadros resalte con una inquebrantable honradez que pocos de sus contemporáneos podían apreciar, pero de efectos decisivos sobre los artista posteriores.

En 1606, Caravaggio mató a un hombre llamado Ranuccio Tomassoni en una reyerta y se vio obligado a huir de Roma, adonde, muy a su pesar, nunca pudo volver. El pintor huyó a Nápoles y pasó el resto de su vida mirando en cada esquina y evitando a las autoridades. De Nápoles viajó a Malta, donde fue nombrado caballero de la Orden de Malta. También aquí su comportamiento pendenciero le causó más de un problema, por lo que fue expulsado de la orden y obligado a dejar la isla. De vuelta a Nápoles fue víctima de una agresión en la Osteria del Cerriglio que le dejaría la cara desfigurada y el ánimo aún más desquiciado. Algunos incluso lo dieron por muerto. Dormía armado y creía que todos murmuraban contra él. Su última obra, “El martirio de santa Úrsula”, es tal vez la más oscura y lúgubre de su producción, fiel reflejo de su estado de ánimo en aquellos días.

En esta última época había pintado algunas obras en las que su dramatismo característico dejaba paso a una gran serenidad. Aunque no dejó discípulos directos, su obra inspiró el naturalismo de José de Ribera y Georges de la Tour, entre otros, ya en siglo XIX, atrajo la atención de pintores como Gustave Courbet, Edouard Manet y Paul Cézanne; actualmente se le considera una de las figuras clave en el desarrollo histórico de la pintura europea.

En 1610, Caravaggio recibió por fin permiso para volver a Roma. Tras una escala en Porto Ércole (Sicilia) fue encarcelado por un guardia español al ser confundido con otra persona, y para desgracias el barco que le tenía que llevar a Roma zarpó sin él. Su salud, muy resentida por su mala vida, empeoró ante aquella cadena de catastróficas desdichas. Afectado de disentería y muy débil, cuentan que comenzó a correr por la playa persiguiendo al barco que tenía que haberle llevado a Roma. Llegado a un lugar de la playa se arrojó en el suelo. Sin ayuda humana, en pocos días murió malamente, como malamente había vivido”. Era un 18 de julio de 1610.

En 2010, en un cementerio de Porto Ércole se exhumó un cadáver que fue datado entre los siglos XVI o XVII. Se trataba de un hombre de 1,65 metros de altura que tenía entre 35 y 40 años cuando falleció, lo que coincidía con las características de Caravaggio. El informe forense tras el estudio de los restos determinó que la causa probable de la muerte fue una infección causada quizá contraída por una herida de arma blanca, tal ves una herida provocada por la espada de Ranuccio Tomassoni antes de caer muerto a manos de Caravaggio.

Vincenzo Giustiniani, uno de los valedores del artista, decía que le gustaba presentarse en sociedad con un lema que resumía a la perfección su posición ante el mundo y la vida: “nec spe, nec metu”, traducible como “sin esperanza, pero sin miedo.

Si Caravaggio hubiera muerto 400 años más tarde, lo habría hecho con una sonrisa. En el cuarto centenario de su fallecimiento, miles de personas esperaron en fila desde la medianoche hasta el amanecer para contemplar seis pinturas del maestro expuestas en el museo Borghese de Roma. En 1610, en una noche similar, el pintor había muerto solo y enfermo, oyendo como único aplauso las olas del mar y aferrado con fuerza al único lienzo que aún no le habían robado.

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https://www.arssonorus.org/diplomado-historia-arte

Bibliografía:

Escrito por: Amarilys Quintero. Artista Intermedial- Comunicadora – Docente – Productora radiofónica. Coordinadora de la plataforma dedicada a la educación, investigación y divulgación artística ARS SONORUS. Estudiosa y apasionada de la Historia del Arte.

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